De la indignación

 

En todos lados pasan cosas. Hay injusticia social, hay represión, abusos del gobierno, hambre, falta de servicios básicos y de dignidad humana. Cada una de estas cosas produce indignación, una especie de rabia sorda que revuelve las tripas y saca lágrimas de impotencia por no poder ser una entidad superior que pudiera resolver todos esos problemas. Indigna.

Pero hay algo que a mí me indigna más que todo lo anterior: el maltrato animal. Leer sobre las pésimas condiciones en las que viven los animales que usan en circos y que muchas veces termina con sus muertes, me indigna. Y todo para entretener a la “raza superior”, la que por tener la capacidad de pensar ya se siente con el derecho de estar por encima de los animales y usarlos para su propio beneficio, total ellos no piensan, son bestias, no como uno. Una bestia no piensa; un ser humano sí.

Para mí, solo una bestia podría cazar orangutanes hembras para usarlas en burdeles. Solo una bestia podría violar sistemáticamente a un animal, depilarlo y pintarle el hocico para simular a una mujer. Una bestia abusa de otras especies (y por desgracia, también de la suya propia), de ésas que no piensan y están tan lejos de nosotros, los humanos, las especies superiores.

¿En qué clase de mundo vivo? ¿Cómo puede haber personas que se comportan de esa forma? Es una situación indignante que, desafortunadamente, se sigue repitiendo en el tiempo.

Maldita “raza superior”. Malditas bestias.

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